Tuesday, December 26, 2006

Y el calendario no da tregua...

Es así nomás: un año que dejé de fumar; dos años o algunos más, de aquel viaje inolvidable donde fuimos más felices que nunca; tres años que empezamos a ser amigos, y de los buenos; cuatro años y dos meses que fui testigo de tu desconsuelo, y luego, de tu boda; cinco años con el imbécil ese que te coje como una loca pero que solo se guarda sus fines de semana para su familia, y debo decírtelo, nunca serás parte de la suya; seis años que te acompañé a hacerte el aborto; siete años de la pérdida de mi padre, a quien extraño horrores y parece que me llama cada vez que suena la campanilla del teléfono; ocho años de aprender a vivir sola, nueve años de alegría (sin dudas, la vivencia de la tercera decena fue la mejor). Todo una vida de pasar las navidades y fines de año en casa, de la tacita bordó para tomar el café después de comer, de pedir morcilla en lugar de chorizo, de desear este instante. Y ya pasó...

Aprender, aprender, aprender!

Todos tienen algo que enseñarnos: la señora que limpia en casa, es una maestra. Me cuida, me ayuda. Y nunca, pero nunca se queja. La señora de la iglesia, que no tiene más que esa bolsita de supermercado colgada de su manga. Me enseña a ser austera y agradecida. El portero o conserje del edificio, me aleccionó a cerca de como pasar una Navidad solo, con su mujer enferma de cáncer y un hijo que no recuerda ya casi su rostro. Y sin embargo, no tiene rencor en su mirada. Mi abuela me da clases. Por ejemplo, de como tener ganas de vivir a los 89 años, en un mundo cada vez más egoísta. Ella siempre brinda por la familia. Y la extraño...

Y así es la ciudad, cada vez más conectados, cada vez más cerca, cada vez más lejos. Por eso me gusta aprender de las cosas pequeñas. Y de la gente más sencilla.

Monday, December 18, 2006

Solo vine a sacar una fotocopia...

Buenos Aires, Rentas Provincia, diciembre 2006, 39 grados centrígrados (no quise escuchar la sensación térmica), no hay derecho.

Una hora de espera me separaba de reto. Maté el tiempo obsevando a la gente, siempre me divirtió hacer ese ejercicio. Hasta que un idiota entendió mal mi mirada de observadora y se sentó a mi lado a preguntarme, por ejemplo, de qué signo era. Fui escueta, solo lo miré y creo que entendió todo porque abandonó el recinto con el trámite sin hacer. Llegó el momento de pasar al frente, de rendir el exámen ante la operadora de mirada ácida que esperaba cualquier duda mía para mandarme a marzo. Y así fue. Me faltaba una fotocopia autenticada ante escribano público del título de propiedad.

Bajo el sol que dejaba el aire irrespirable y que caía como un rayo furioso, empecé la travesía. Llegué al primer kiosco. Pregunté si podían hacerme una copia. Creo que el hombre estaba a punto de morir y sus últimas palabras antes de la extrema unción fueron: No tengo toner. No me animé a preguntarle más nada. Salí, doblé la esquina y vi el cartel de neón brillante del cual colgaban algunas letras inconclusas que formarían algo así como F TO PIAS. Me dije que debía darle una oportunidad. Tonta de mí. El local estaba cerrado por reformas. Respiré hondo una bocanada de aire hirviendo y seguí la aventura. Pregunté en el kiosco de diarios donde podía sacar una copia. Me advirtió que tendría que cruzar las vías y hacer 5 cuadras. No dudé un segundo, lo hice. Estaba dispuesta a terminar el trámite. Esperé que pasaran los dos trenes de sentidos opuestos, caminé sin cesar y llegué a la nueva posta. "Estamos sin luz" -me dijo la viejita detrás del mostrador.

Habían pasado 3 horas desde que había salido de casa y la aventura, recién empezaba.

Monday, December 4, 2006

El camaleón monocromático

Viajámos en mi auto. Discutíamos sobre la sociedad de cosumo. Nos estábamos conociendo nuestras formas de mirar al mundo. Hablábamos sobre las desigualdades sociales, la pobreza dirigida por los gobiernos, el menear de la balanza comercial y el lento pero corrosivo óxido de la corrupción que ya se había instalado en todas las esferas. Me gustaba cómo se expresaba. Le dije que en unos años, me iría a vivir al campo, a un lugar austero. Me dijo que él también, Que aborrecía el dinero y cómo hacía girar al mundo en torno a él, como un sol verde todopoderoso. De pronto sonó su celular. Su verdad se vio derrubada. Como ring tone sonaban los primeros acordes del conocido tema de “Pink Floyd”: Money.

La angustia de mi desierto

Me despierto en el medio de la noche. Tengo sed. La garganta totalmente seca ratifica lo que la pesadilla ya me había dado su señal de alerta. La recuerdo perfectamente, tengo la sensación de haber estado allí y no en sueños. Me siento como volviendo de la máquina del tiempo, un salvataje de último momento.

Voy por el desierto (estoy muy lejos de casa) llevando varias horas de caminata encima. No llevo nada, excepto lo puesto. El sol quema las arenas infinitas y me hace confundir las distancias entre las dunas. No se vislumbra rastro alguno de vida descontando las pequeñas lagartijas que al primer pestaneo se desvanecen. Desconozco el motivo que me hizo aparecer en dicho lugar. Desconozco el lugar al que me dirijo y no tengo idea del tiempo. Solo puedo imaginarme que ya ha pasado el mediodía debido a lo duro que va pegando el astro divino. A pesar de la enorme soledad que el paisaje representa, siento una presencia, como un halo de vida que me persigue. De tanto en tanto me doy vuelta sobre mis hombros pensando que hallaré al espectro que siento sigue mis pasos, pero siempre encuentro más arena y calor, dudas y angustia, hambre y sed. La caminata sigue a paso sostenido hasta que mis piernas ceden y caigo vencida sobre la caliente masa dorada. En ese momento recuerdo que ya llevo un par los días de esta locura y que no puedo seguir si no tomo una gota de agua. La garganta está áspera, mis manos hinchadas, el cutis resquebrajado, solo me queda resto para una lágrima que cae rendida por el rostro, miro hacia el horizonte y el clima no cede, no veo oasis alguno aunque más no sea en mi imaginación como símbolo de la esperanza, intento tragar mis sollozos y la garganta se mimetiza con el paisaje y se convierte en un túnel de arena fina y seca que me empieza a asfixiar hasta sentir que es el final, y esa presencia que aún percibo alrededor mío sin poder verla y no se si seguir llorando por mi muerte o por la forma en la que ésta se va a ejecutar.

El despertar es tan terrible como el sueño mismo. Toda sudada, un grito de angustia emerge en la calma de la madrugada hecha para los besos o para los despabilados, la cama es un mar de sábanas amorfas, los ojos siguen húmedos de lágrimas y el sentimiento de mortandad perdura durante los primeros momentos. Terrible, agotador, inhumano. Mientras trato de tranquilizarme, emprendo la búsqueda hacia la cocina buscando asilo en un vaso de agua. Ya en el codo de la escalera, escucho un ruido proveniente del living acompañado del timbre del teléfono. La angustia se acrecienta, el corazón me rompe el pecho. Contesto con un murmullo y no responden. Siento una respiración penetrante. Mi insulto da por terminada la llamada. Pero en la oscuridad aún puedo percibir el aliento galopante del sádico que estaba al otro lado del teléfono. Finalmente me decido a dar por acabada la travesía emprendida, diciéndome a mí misma que la paranoia no es una buena amiga, que todo es producto de mi imaginación y que el lunes mismo debería comenzar el curso de yoga para poder canalizar todos esos fantasmas. Prendo la luz de la mesita ratona para llegar sin tropezar con nada a poder abrir la puta puerta de la cocina. Pero cuando la abro, las lágrimas me llenan la boca de sal. Sobre la mesa, majestuoso, yace un vaso lleno de arena.